GERMAINE DERBECQ

LE QUOTIDIEN

16 de Septiembre de 1955

LAS EXPOSICIONES: GOERG EN HELFT | MIRANDA EN KRAYD

Por Germaine Derbecq


Las Exposiociones


Goerg en Helft


Entre las obras de artes reunidas en estos salones, Jacques Helft presenta pinturas del artista francés Goerg quien, si bien no es una figura de primera línea, no es tampoco un desconocido: ya que hace más de treinta años, las críticas parisinas lo habían ya notado, de igual modo que los habitués al Salón d’Automne, des Tuilleries y des indépendants.


En estas grandes exposiciones, pasaba por la vedette, estando entre los que ocupaban el centro del cimacio. Lugares destacados reservados, como todos saben, para los artistas fuera de lo común.

Goerg pertenecía a este importante grupo de pintores naturalistas, realistas, eclécticos, conocidos luego bajo el nombre de Escuela de París, en completa oposición con los pocos artistas de tendencia idealista que llamaban cubistas.

Desde esos tiempos lejanos, Goerg formuló con precisión lo que buscaba en la pintura. Definió categóricamente sus objetivos, sus aspiraciones y nada puede situarlo mejor que acordarse de sus declaraciones: “Lo que me gusta del arte es el hombre—dijo. Sé muy bien que un cuadro tiene sus leyes —eso lo sabemos bien hoy, a expensas de la emoción— pero esto no me alcanza, mi emoción aumenta al vestir la matemática de humanidad… En el hombre, todo corre el riesgo de ser nuevo cada vez, mientras que un cubo es un cubo y dos más dos son siempre cuatro. Tres manzanas y un paquete de tabaco son menos variados y emocionantes que el rostro de un hombre que puede estar sufriendo, se ríe o se llena de vanidad”. Maurice Raynal, para quien estaba destinado un texto bastante largo de las cuales estas líneas fueron extraídas, juzgó inútil hacer comentarios al respecto y lo publicó textualmente en su antología.

Para expresar lo humano, Goerg se inspiró en las obras de los expresionistas alemanes, en las de los flamencos modernos realistas y carnavalescos, agregó algunos aspectos de reminiscencias de museo y, observador atento de los defectos que marcan el rostro, de las pasiones que los deforman, del orgullo que los llena y del goce que los atonta, erigió contra el mundo burgués al que pertenecía una terrible crítica. Luego, satisfecho de la humanidad que había creado, la perpetuó incansablemente.

Algunos años antes, los cubistas, que tampoco sabían definitivamente qué es lo que querían, pero solamente lo que no querían —es decir, todo lo que Goerg quería—, no habían tenido por simple objetivo más que el de “expresar lo que tenían en ellos”. No buscaban vestir las matemáticas de humanidad, de instinto, sabían que la creación es inseparable de la poesía, de las relaciones y de los números.

También el paquete de tabaco de Braque, de Picasso o de Juan Gris, como las tres manzanas de Cézanne y como el par de zapatos o la silla de paja de Van Gogh están tanto o más cargados de vida que un rostro. Lo humano no es solamente un juego de fisionomías, de muecas o de actitudes como el movimiento no es gesticulación. Y no es el aspecto que hay que juzgar sino el corazón.

Si Goerg no hubiera hablado tanto, podríamos acordarle circunstancias atenuantes, reconocer que tritura la masa con gusto y con la sensualidad que caracteriza su realismo, que deforma los rostros con espíritu y que se encuentra entre los pintores que realizan diestramente su oficio de pintor con un no-sé-qué inequívoco y perverso que les confiere a sus obras un encanto inquietante capaz de dar una falsa impresión sobre sus intenciones.

Lamentablemente, es para él y no para los arcángeles del paquete de tabaco y de las tres manzanas que dos y dos son siempre cuatro y que un rostro es siempre un rostro.


Herrero Miranda en Krayd


Pinturas extrañamente poéticas y evocadores como las de Herrero Miranda. No nos equivoquemos, no son más que efusiones sensibles. La conciencia plástica juega un gran rol, pero tan delicadamente, tan sutilmente que solo los ojos atentos pueden detectarla. Tienen el privilegio de expresar lo no formulado, de ser las mensajeras de los secretos que nos rodean, de despertar en nosotros recuerdos imprecisos, y esto por los medios más sencillos y más pictóricos. En favor de una sombra, de un destello de luz, de un acento de color o de un simple signo.


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